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Unión Progreso y Democracia: tu voto útil
Manuel Hernández Iglesias

Unión Progreso y Democracia se fundó el pasado 29 de septiembre. En unos meses se ha dotado de una estructura orgánica, se ha implantado en toda España, ha elaborado un programa electoral y presentado candidaturas en todas las circunscripciones. Y todo ello a pesar de un boicot tanto informativo como económico. La pregunta es ineludible: ¿Cómo se ha conseguido hacer tanto en tan poco tiempo y en condiciones tan desfavorables?
En parte gracias a la imaginación, ilusión y generosidad de miles de afiliados y simpatizantes En parte también por el apoyo decidido de figuras destacadas de la cultura que, como Fernando Savater, Albert Boadella o Mario Vargas Llosa, son referentes, no sólo intelectuales, sino morales. Y, por supuesto, también por el prestigio de nuestra candidata Rosa Díez, cuya coherencia y coraje la han convertido en una de las políticas más valoradas.
Pero esto es sólo parte de la explicación. Si en tan poco tiempo un “partido de voluntarios”, como certeramente lo definió nuestro candidato al Senado por Madrid Álvaro Pombo, ha llegado donde ha llegado, es porque había en España demasiados ciudadanos políticamente huérfanos. Es el caso de los liberales progresistas que, como Vargas Llosa, no pueden identificarse con una derecha “carca”, capitaneada por los grupos integristas y homófobos, cuyo supuesto liberalismo se limita al desmantelamiento de los servicios públicos. Como también es el caso de los socialistas democráticos que no comparten lo que el mismo Vargas Llosa definió como “la ilusión mentirosa de que puede haber nacionalismos progresistas” y no confunden el estado de bienestar con la caricatura de gastar en prebendas electoralistas el dinero que se debería invertir en mejorar servicios públicos e infraestructuras. Unión Progreso y Democracia, frente a la dicotomía vacua y maniquea entre izquierda y derecha, se define como un partido transversal. Asume la defensa intransigente, propia del liberalismo progresista genuino, de los derechos individuales frente a cualquier intento de sacrificarlos en aras de supuestos derechos colectivos. Y hace suyo el ideal socialdemócrata de un estado social que cree las condiciones materiales para que todos tengan las mismas posibilidades reales de realización personal.
Pero esto tampoco es suficiente. Probablemente los huérfanos políticos hubiéramos continuado resignados a nuestra orfandad, votando en blanco, absteniéndonos o votando “en contra”, o sea, a lo que nos disgusta para evitar lo que nos disgusta todavía más. Si miles de ciudadanos hasta hace poco invisibles hemos salido del armario político es porque percibimos con alarma que los particularismos territoriales y los sectarismos partidistas, alentados o explotados por dirigentes políticos irresponsables, están erosionando los consensos que, en la transición democrática, hicieron posible que España haya disfrutado de las tres décadas de mayor libertad, igualdad, prosperidad y prestigio internacional de su historia moderna. Y porque este proceso amenaza con convertir una sociedad diversa en una sociedad dividida, nos hemos sentido en la obligación cívica movilizarnos políticamente en defensa, como reza nuestro lema electoral, de lo que nos une.
Frente a la balcanización territorial e ideológica, Unión Progreso y Democracia propone reformas constitucionales y legales orientadas a:
1. El cierre del modelo territorial, reservando al Estado las competencias necesarias para garantizar su viabilidad y la igualdad de todos los españoles. Porque, en palabras de Rosa Díez, España no se rompe porque se le caiga un pedazo del mapa; se rompe cuando se rompe la igualdad.
2. El reforzamiento de la independencia del poder judicial y la autonomía del la fiscalía.
3. La implantación de un sistema electoral verdaderamente proporcional en el que el voto a partidos nacionalistas no pese más que el voto a partidos de ámbito nacional.
4. La devolución a la ciudadanía del poder detentado por las cúpulas de los partidos a través de medidas como la limitación de mandatos, las listas abiertas, el control de la financiación de los partidos, etc.
Estas urgentes e importantes reformas sólo se plantearán si en el Congreso hay un grupo parlamentario de un partido inequívocamente nacional, sin hipotecas políticas, económicas o territoriales y libre de dogmatismos ideológicos o religiosos. Y, más urgente e importante si cabe, sólo un partido así estará en condiciones de devolver a la política española la sensatez que, estamos convencidos, la mayoría de los españoles está echando de menos.

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