La nueva legislatura (y III) ¿El fin del nacional-catolicismo?

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Termino mi análisis de los resultados electorales con los del Partido Popular. El dato más evidente es que el PP ha perdido las elecciones: ha tenido 900.000 votos y 15 diputados menos que el PSOE. Es cierto que recorta la ventaja del PSOE en 360.000 votos y que sube 6 escaños. Pero el avance es muy insuficiente y, traducido a escaños, la subida de 5 del PSOE hace que sólo recorte la ventaja en uno. Con el agravante de que el PSOE tiene más fácil hacer alianzas que le den la mayoría absoluta en el Congreso que en la legislatura anterior. En consecuencia, los resultados del PP sólo pueden calificarse de fracaso.

¿Por qué este fracaso? Para quienes tienen una buena opinión global de la labor del gobierno de Rodríguez Zapatero esto no es ningún misterio. Al contrario, el misterio para ellos es que el fracaso no haya sido más rotundo. Pero sí necesita explicación para los que estamos muy en desacuerdo con la política de Rodríguez Zapatero en cuestiones muy importantes. En la pasada legislatura se impulsó de manera irresponsable un proceso de reformas estatutarias, iniciada con el nuevo Estatuto catalán, que amenaza con convertir el nuestro sistema autonómico en un estado confederal caótico, insolidario e insostenible. Con el resultado añadido de que los partidos nacionalistas no sólo no están más apaciguados que al principio de la legislatura, sino que se han radicalizado a medida que iban logrando más y más concesiones de todo tipo. Por si esto fuera poco, el PSOE traicionó el Pacto por las libertades y contra el terrorismo que el propio Zapatero había propuesto. Primero dialogando con Batasuna cuando todavía estaba en la oposición. Luego reconociendo a ETA como interlocutor político. Y, por si eso fuera poco, llevando el mal llamado “proceso de paz” al Parlamento Europeo y aceptando mediadores extranjeros, con lo que satisfacían una de las exigencias más queridas de ETA: lo que en su jerga llaman “internacionalización del conflicto”. A lo que hay que añadir toda una serie de daños colaterales, como la legitimación retroactiva del proceso de Estella y de gestiones como la de Carod y la deslegitimación de quienes se opusieron a ellos. O el maltrato a las víctimas de ETA. O afirmaciones tan ignominiosas como que la foto de Rosa Díez con Pilar Elías (cuando Rosa Díez era tovavía militante y eurodiputada socialista) era la foto del pasado y la de Gemma Zabaleta con Jone Gorizelaia la foto del futuro.

Tales despropósitos (que no son los únicos, pero sí los más graves) deberían haber sido suficientes para provocar la derrota de la izquierda en estas elecciones. Y, si esto es así, es decir, si realmente el PSOE había hecho méritos sobrados para la derrota electoral, la explicación del fracaso del PP habrá que buscarla en el propio PP.

El PSOE planteó la pasada campaña como si fueran unas elecciones presidenciales con sólo dos candidatos. Y lo logró gracias a la complicidad del PP y de los medios al servicio de los grandes partidos, o sea casi todos, especialmente la televisión. Una vez planteadas así las cosas, su principal argumento de cara a los indecisos fue negativo: o Rodríguez Zapatero o la vuelta del PP. Y funcionó. Y, si funcionó, es porque hay demasiados ciudadanos para los que votar al PP, sencillamente, no es una opción. Más claro: funcionó el voto del miedo y, si funcionó es porque el PP, en efecto, da demasiado miedo a demasiada gente.

Conviene en este punto poner en cuestión un tópico que ha circulado mucho en esta campaña y que muchos creyeron a pies juntillas (por ejemplo, sin ir más lejos, el que suscribe). El tópico decía que al PP le favorecía una participación baja, mientras que al PSOE le favorecía una participación alta. La explicación de esta idea estaba en que al PP no le basta con que le voten todos los electores conservadores, sino que necesita que se queden en casa bastantes votantes de izquierda (lo que se dio en llamar la “izquierda volátil”).

¿Se sostiene esta idea a la luz de los resultados? A primera vista parece que sí: la participación ha sido alta y ha ganado el PSOE. Pero si se mira con más cuidado la cosa no está tan clara, porque hay datos que no encajan con el tópico en cuestión:

1. Las seis comunidades autónomas con una participación más alta son, por este orden, Madrid, La Rioja, Castilla-La Mancha, Región de Murcia, Comunidad Valenciana y Castilla y León. En todas ellas gana el PP con resultados que oscilan entre el excelente 49,34% de Madrid y el escandaloso 61,43% de la Región de Murcia (en esta última con una participación del 80,46%). Nótese que el más bajo de estos resultados (el 49,34% de la Comunidad de Madrid) bastaría y sobraría a nivel nacional para garantizar, no ya la victoria, sino la mayoría absoluta.

2. Sólo ha habido tres comunidades o ciudades autónomas en las que la participación ha aumentado en tres puntos o más con respecto al 2004. Son, por orden de aumento de participación, Melilla, Galicia y la Región de Murcia. En las tres gana el PP con el 49,22, el 44,5o% y el 61,43% respectivamente, porcentajes todos ellos superiores al que obtiene el PSOE a nivel nacional (43,64%).

Lo que demuestra que el PP puede ganar perfectamente elecciones con una participación, no alta, sino altísima. Y que, por lo tanto, la idea de que son mayoría los ciudadanos para los que votar a la derecha española es tabú es un mito. El PP no necesita para ganar unas elecciones la abstención de los que no le votarían nunca pasara lo que pasara. Puede ganarlas aunque todos vayan a votar. Lo que significa que, si el PP pierde las elecciones, como las ha perdido, es porque muchos votantes que no son incondicionales de la izquierda no le han querido votar. Es decir: el PP ha fracasado en el intento de movilizar en su favor y contra el PSOE a muchos electores moderados carentes de prejuicios sectarios contra la derecha.

¿Por qué? Para mí está muy claro: ni Aznar ni Rajoy han querido o sabido convertir al Partido Popular en una derecha moderna. Sencillamente, como he dicho más arriba, el PP da demasiado miedo a demasiada gente. No hace falta ser un nostálgico del mayo del 68, ni un admirador de Chávez o Fidel Castro, ni un entusiasta de los nacionalismos periféricos para temer al PP. Tampoco hace falta haber sucumbido al encanto que para muchos parece tener la retórica infantiloide de Rodríguez Zapatero. Basta con que el descontento con Rodríguez Zapatero no te lleve al extremo de estar dispuesto a votar cualquier cosa que te pongan delante con tal de echarlo de la Moncloa. Y, por lo que se ve, y eso es una buena noticia, esos ciudadanos existen, y no me refiero sólo a los 303.000 que votaron a UPyD. Afortunadamente, somos mayoría los españoles a los que nos espantan ciertas cosas que encandilan a nuestra derecha, como, por ejemplo, el campo de concentración de Guantánamo, las manifestaciones episcopales homófobas, las paranoias conspirativas o las persecuciones inquisitoriales a médicos que aplican cuidados paliativos. O que no comulgamos con ruedas de molino como que lo que es inconstitucional en Cataluña es perfectamente constitucional y digno de apoyo en Andalucía (donde, por cierto, aunque avanzan, han vuelto a perder).

Resumiendo: el problema del PP no es una supuesta mayoría de progres sectarios para los que votar a la derecha es anatema y de los que lo más que puede esperar es que se queden en su casa el día de las elecciones. El problema del PP somos la mayoría, no supuesta, sino real, de españoles que, a diferencia de los dirigentes del Partido Popular, vivimos mentalmente, no sólo cronológica y geográficamente, en la Europa del siglo XXI.

Queda la incógnita de si los pesos pesados del PP tomarán nota y se decidirán a poner el reloj en hora. Yo hace tiempo que los di por imposibles.

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3 Responses to La nueva legislatura (y III) ¿El fin del nacional-catolicismo?

  1. Alvaro Ballesteros dice:

    De nuevo, exquisito analisis, Manuel. Me alegra oir que algunas voces dentro del PP ya estan llamdando a la renovacion de cara a su congreso del verano. Es esencial para la democracia espanola que el PP se reforme y cambie de caras y registro. La renovacion tambien le vendria muy bien al PSOE, por cierto. Espero que desde nuestro trabajo en UPyD posibilitemos la apertura de dialogos y debates que ayuden a combatir en monolitismo antidemocratico de tantos politicos grises incrustados en sus partidos y nuestras instituciones. Animo!

  2. Nicolás dice:

    Un resumen perfecto de los problemas del PP y de la mala gestión de ZP (¿existe el PSOE más allá de ZP?). Me ha encantado eso de “retórica infantiloide”, que aún me parece demasiado amable como descripción de lo que a veces tenemos que oir de boca de ese Prodigio del Verbo Fácil. Gracias por ofrecernos un análisis (en tres tiempos) tan detallado y profundo.

  3. diego p-ch dice:

    Es un magnifico análisis de los resultados de las elecciones. Si consideramos los votantes como un mercado, podríamos realizar la siguiente segmentación del mismo:

    -segmento 1: los votantes “históricos” , son aquellos que se consideran fieles a un partido nacional, esencialmente PSOE, PP e IU. Este segmento de votantes no cambia jamás su voto. Pase lo que pase. Representan el 80 % de los votantes de esos partidos.

    Segmento 2: los votantes “infieles”, son aquellos que esencialmente van cambiando su voto de forma alternativa, entre PSOE y PP. Aunque también se puede dar entre PSOE e IU. Representan un 20 % de los votantes de esos partidos.

    Segmentos 3: los votantes “egocéntricos geográficos”, son los denominados nacionalistas, su voto siempre es para el partido que representa su “nación particular”

    Segmento 4: los votantes “en contra de” siempre votan en contra de un partido concreto, ese es el objetivo o razón de su voto. Buscan y le darán su voto al partido que hará mas daño a partido que quieren votar en contra.

    Para UPyD, el éxito se centra en crear un nuevo segmento de votantes, que cubra las necesidades de los infieles, de los “en contra de” y de los “históricos” desengañados.

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