Diálogo de besugos

Un grupo de intelectuales ha publicado un Manifiesto por la lengua común que, como era de esperar, ha generado polémica. Digo polémica y no debate porque, salvo honrosas excepciones, no ha habido debate, sino diálogo de besugos (que no de sordos: los sordos dialogan perfectamente). Y hay diálogo de besugos porque firmantes y detractores hablan de cosas distintas.

Los detractores, salvo honrosas excepciones, no critican las tesis del manifiesto, sino que cambian de tema. Básicamente se dedican a insistir machaconamente en que el castellano no corre peligro de desaparecer ninguna parte de España y que, conociéndolo, uno puede recorrer el país de punta a punta. Con ello demuestran, primero, no haber leído el manifiesto, porque en él se afirma explícitamente que el castellano goza de perfecta salud, y, segundo, no entender de qué va la cosa. El manifiesto no es una defensa del castellano frente a los ataques o la competencia de ninguna otra lengua. Es una defensa de los derechos civiles, de la igualdad entre los ciudadanos y de la utilidad que para todos ellos tiene disponer de un instrumento común de comunicación, sea éste o no su lengua materna. No es ni una defensa de una lengua ni menos aún un ataque a ninguna otra. Es más simple que todo eso. Lo que se afirma es, esencialmente, que, en democracia, el fin no justifica los medios. Y que, en consecuencia, por loable que sea el fin de promover las distintas lenguas de España, las medidas legítimas de discriminación positiva a favor de las minoritarias tienen un límite: los derechos civiles de los hablantes de la mayoritaria y común. Así de simple pero, también, así de difícil de entender para tanta gente tan obsesionada con supuestos derechos colectivos.

(Por si alguien no tiene nada mejor que hacer mañana día 9 a las 13.30, hablaré de esto en Radio Murcia en una entrevista)

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