Frente al terror, reivindicar la Constitución

1228341732_extras_albumes_0_3101En el coloquio que siguió a la exitosa conferencia de Rosa Díez en Murcia el pasado día 2, uno de los asistentes defendió insistentemente la idea de que el problema de ETA no tenía solución y que así deberían decírselo a los ciudadanos los políticos honestos. Ese es uno de los mitos más dañinos de nuestra reciente historia: la idea de que ETA es imbatible y de que, en consecuencia, sólo nos quedan dos alternativas, la de concederle más o menos disimuladamente lo que pide o la de resignarse a convivir eternamente con el terror.

La primera alternativa ha sido y sigue siendo la favorita de los nacionalistas. Es lo que llaman “solución política”, cuando en realidad es la negación misma de la política. Es sustituir la legalidad y el debate político por la cesión ante el chantaje terrorista.

La segunda alternativa es la favorita de los que no sienten especial simpatía por las tesis nacionalistas, y menos aún por ETA, pero quieren ante todo dormir doblemente tranquilos. Quieren acostarse con la tranquilidad que da sentirse seguro de que ni ETA ni sus franquicias van a ir a por ellos, pero también con la tranquilidad de conciencia que da sentirse inocentes.

Lo de sentirse inocente es más difícil de lo que parece cuando muchos conciudadanos tuyos son acosados, secuestrados, torturados o asesinados por defender pacíficamente sus ideas. Sucede en las dictaduras de cualquier signo y en los lugares en los que campa por sus respetos alguna organización terrorista. Sucedía en la dictadura de Franco y lleva muchos años sucediendo en el País Vasco. Todo el que no simpatizaba con la dictadura, pero se limitaba a manifestar sus opiniones en la más estricta intimidad, como a todo el que no simpatiza con ETA pero se cuida muy mucho de que se le note, padece inevitablemente (salvo que sea un absoluto cínico, claro) cierta mala conciencia. La mala conciencia de quien se siente a salvo por callar lo que piensa y otros sí se atreven a decir.

Nada más lejos de mi intención que acusar a los que no se atreven a enfrentarse al terror, sea de un gobierno o de una grupo de oposición. Nadie está moralmente obligado a ser un héroe. Y yo, que cuando murió Franco sólo tenía catorce años recién cumplidos y he vivido toda mi mayoría de edad en lugares en los que puedo defender mis opiniones sin correr riesgo alguno, carezco por completo de autoridad moral para reprocharles nada. Como dice el refrán, el miedo es libre.

Lo que me parece indecente no es la cobardía, sino la mezquindad de no querer reconocer que hay otros que sí hacen lo que uno no hace porque, sencillamente, no se atreve. Me indigna que haya tantos que, no contentos con mantenerse a salvo, que no es poco, quieren además sofocar todo asomo de mala conciencia. Y me parece indecente, no porque les desee una vida amargada por ningún tipo de tormento interior, sino porque, para alcanzar la autosatisfacción plena, se ven en la necesidad de desacreditar a los que sí arriesgan su vida o al menos su tranquilidad para decir en voz alta lo que ellos sólo se atreven a murmurar con la boca chica.

Es la única explicación que encuentro para la facilidad que tantas personas incapaces de cometer actos terroristas o de apoyarlos tienen para culpar a las víctimas. La acusación a las víctimas tiene una versión dura, que es la de que con su actitud radicalizan a los verdugos y con ello agravan la situación. Esta visión de las cosas permite al que mira hacia otro lado verse a sí mismo como la verdadera víctima (como Cristo entre los dos ladrones, por usar la imagen, como siempre pregnante, de Arzallus) y presentar a los que no miran hacia otro lado como parte del problema. También tiene una versión blanda, la de que los que se significan, aunque no agraven el problema, tampoco contribuyen a resolverlo, porque el tal problema, sencillamente, no tiene solución. Y, claro, ¿quién puede reprochar a nadie que evite arriesgarse para conseguir lo imposible? En esta versión blanda, las personas comprometidas contra el terror no aparecen como parte del problema, pero tampoco como parte de la solución. No son uno de los ladrones, pero tampoco son héroes. Son, simplemente, unos insensatos. Bien intencionados (a veces no les conceden ni eso), pero insensatos al fin y al cabo.

Pero no, no son insensatos, y menos aún parte del problema. Son parte esencial de la solución. Porque el terrorismo de ETA tiene solución, y la experiencia lo demuestra. La solución es que los ciudadanos hartos de ETA salgan a la calle para decirle a ETA, a sus simpatizantes y a los que se aprovechan de manera ventajista de su actividad terrorista lo que dice la pancarta de la foto: que pierdan toda esperanza de conseguir sus objetivos, ni matando ni como premio por dejar de matar.

Y eso es así porque ETA es no es una organización que amenace y asesine por deporte, sino para alcanzar unos objetivos. Y el único argumento que puede persuadir a los etarras de la necesidad de desaparecer es la conciencia de la inutilidad de sus crímenes. Para eso son imprescindibles la policía y la judicatura. Pero también la movilización ciudadana para decir claramente que no se va a permitir concesión política alguna. Y para decírselo no sólo a los terroristas y sus cómplices y colaboradores, sino también a los políticos que por ventajismo u oportunismo sientan la tentación de explorar atajos y con ello devuelvan a los terroristas la menor esperanza. Después de todo, como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde. O sea que, cuando se pierde la esperanza, ya no queda nada. Y eso vale también para las dictaduras y las organizaciones terroristas.

Ese es el planteamiento de Unión Progreso y Democracia. Y por eso, el 6 de diciembre, Rosa Díez estará en Bilbao reivindicando la Constitución. Cuando ésta esté vigente en toda España, es decir, cuando todos los ciudadanos españoles tengan realmente garantizados los derechos y libertades que la Constitución les reconoce, se unirá gozosa a las celebraciones. Mientras tanto, lo que toca es luchar para conseguirlo, por ejemplo, reivindicándola donde más necesario es hacerlo. Ese es nuestro homenaje a Ignacio Uría y a todas las víctimas de ETA.

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One Response to Frente al terror, reivindicar la Constitución

  1. Francisco J. Montoya dice:

    En la misma conferencia de Rosa Díez en Murcia, salió a colación otro tema que creo tiene mucha relación con el asunto del terrorismo. Se trata de la cuestión de la educación y las transferencias de esta competencia a las CC. AA.

    Hace ya muchos siglos, incluso milenios, que los pitagóricos dijeron aquello de “educa al niño y no castigarás al hombre”. La educación es un pilar fundamental para la formación de los ciudadanos en el espíritu democrático. Y en el País Vasco los efectos de este problema, aparentemente no relacionado, se notan con especial dramatismo. Un lamentable ejemplo de esto lo tuvimos hace ya algunos años, cuando vimos la espantosa forma que tuvo de terminar sus días la joven Olaya Castresana. Estos jóvenes son tan víctimas como verdugos de este despropósito, algunos de ellos en el sentido más literal del término.

    La política es como un complejo ecosistema en el que todo está fuerte e íntimamente relacionado. La situación ha de verse como un todo y con sentido de Estado, tal como defiende UPyD. Lo contrario no nos lleva más que a poner parches en el mejor de los casos, y a políticas hueras y populistas en el peor.

    Saludos,

    –Paco

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