Nuestro Ku-Klux-Klan local

ku-klux-klan1A menudo se piensa que los grandes avances en el reconocimiento de derechos civiles o la eliminación de discriminaciones injustas y crueles son el resultado de la movilización de grandes masas o de la acción política de líderes carismáticos. Pero en general no es así. Muchos movimientos comienzan con la rebelión pacífica de una persona anónima que actúa por su cuenta, sin pedir permiso a nadie y, en un primer momento, ante la indiferencia de la mayoría.
Por ejemplo, cuando pensamos en el movimiento por los derechos civiles que luchó contra la segregación racial en EEUU nos viene a la cabeza la gran marcha sobre Washington y los elocuentes discursos de Martin Luther King. Pero pocos recuerdan el nombre de Rosa Parks, la persona que en 1955 inició todo el movimiento. Fue una sola persona, no una muchedumbre. Y no era una líder carismática ni una gran oradora. Era una modista negra que un día estaba cansada, decidió que no le daba la gana obedecer una norma injusta y estúpida y se negó a ceder su asiento a un blanco en un autobús urbano de Montgomery. Fue detenida, juzgada y condenada por desórdenes públicos. Esa pequeña rebelión dio lugar a una exitosa campaña de boicot a los autobuses de Montgomery que se convirtió en modelo de posteriores acciones de desobediencia civil que a su vez dieron lugar a lo que todos conocemos.
Pocos recordarán también el nombre del estudiante James Meredith. Era un joven negro que solicitó matricularse en la Universidad de Mississippi. Se le denegó por razones raciales. No se conformó, recurrió a los tribunales y ganó el pleito. Pero no pudo asistir a las clases porque se le impidió el acceso. El Gobernador del Estado no sólo no movió un dedo para hacer cumplir la sentencia, sino que recurrió a la policía estatal para impedir que Meredith entrara en la Universidad. Meredith no se dio por vencido. Apeló de nuevo a la Justicia y ésta condenó al Gobernador y le impuso una fuerte multa por cada día que impidiera la incorporación de Meredith a la Universidad. Y, por fin, Meredith entró en la Universidad de Mississippi. Pero lo tuvo que hacer escoltado por policías judiciales federales que fueron atacados primero a pedradas y luego con armas de fuego por hacer cumplir la sentencia. Los motines provocaron dos muertos y unos doscientos heridos (de ellos 28 policías judiciales). El presidente Kennedy envió entonces al Ejército, que sofocó el motín. Al día siguiente, Meredith pudo asistir por primera vez a clase. Fue el principio del fin de la segregación racial en las Universidades de Mississippi.
Aquí, en Murcia, cientos de personas han tenido que soportar durante años las humillaciones y arbitrariedades de un juez de familia que no distingue entre la ley y sus convicciones religiosas. Lo cual es en su caso lógico, ya que no considera que los no creyentes sean seres propiamente humanos (según él «creer en Dios es lo único que diferencia a los humanos de un rebaño de ovejas»). Ni los particulares ni instituciones como el Colegio de Abogados han hecho nada salvo resignarse y tratar de salir lo mejor parados posible cuando topaban con él. Hasta que, un día, dos ciudadanas dijeron basta. Pidieron asesoramiento y ayuda a personajes políticos muy mediáticos (de esos que salen mucho en muchas fotos como portavoces de los marginados y oprimidos) sin éxito. Pero no se amilanaron al verse solas ante el peligro. Denunciaron los abusos de este juez y consiguieron que se le sancionara y sentara en el banquillo. Si finalmente es condenado y apartado de la judicatura, los ciudadanos de la Región de Murcia dejaremos de estar a merced de sus decisiones caprichosas y las irregularidades que tiene por costumbre cometer. El beneficio será de todos, pero el mérito será sólo de dos personas. Se llaman Susana Meseguer y Vanesa de las Heras, un matrimonio a cuya hija, Candela, el tal juez intentó declarar legalmente huérfana saltándose a la torera el Código Civil.
Como siempre que una Rosa Parks o un James Meredith reclaman respeto para sus derechos civiles o, como en este caso, los de su hija, aparecen en escena los fanáticos de turno. Y Murcia no ha sido una excepción: nuestro pequeño Ku-Klux-Klan local no ha faltado a la cita. Grupos de personas se han manifestado a la puerta del juzgado con lemas tan edificantes como “lobby gay=Anticristo”. Y el presidente del Cabildo Superior de Cofradías de Murcia ha apoyado al juez de marras para «mostrarle nuestro apoyo por su defensa de la familia y de unas ideas que compartimos». Flaco favor hacen a nuestras fiestas de Semana Santa con estas declaraciones. Y más flaco todavía es el favor que hacen al juez, porque esa pretendida defensa es una acusación en toda regla. Es precisamente eso de lo que se le acusa, de usar su poder como juez, no para aplicar la ley, sino para imponer a los demás sus particulares ideas sobre la familia. O sea, de prevaricación.

Anuncios

2 Responses to Nuestro Ku-Klux-Klan local

  1. UPD MIERDA DE ROJOS dice:

    PUTO MARICON DE MIERDA

  2. !Qué paciencia!
    Doce días sin llamarte troglodita…

A %d blogueros les gusta esto: