Moldear el consenso

martin-luther-king1“Un verdadero líder no es un buscador de consensos, sino un moldeador de consensos”

Martin Luther King

Esta cita viene a cuento de la interpelación en la que la Diputada de Unión Progreso y Democracia Rosa Díez pidió al Gobierno que aplicara la ley para disolver los ayuntamientos gobernados por ANV, o sea por ETA (Tribunal Supremo dixit). En su respuesta, la Ministra de Administraciones públicas trató de justificar la negativa del Gobierno. Para ello recurrió, como ya viene siendo costumbre, a la descalificación personal, acusando la iniciativa de ser un mero gesto de cara a la galería (“¿Qué galería, la galería de tiro quizás?”, contestó Rosa Díez en su contrarréplica). Y a uno de los latiguillos también habituales cuando se trata el tema de la política antiterrorista: la necesidad de preservar el consenso.

El consenso es sin duda un objetivo prioritario, pero es algo que, como dice Luther King, hay que moldear, no limitarse a buscar. Esto último es fácil: basta con limitar el discurso y la acción política a aquello en lo que de antemano estén de acuerdo todos los partidos que condenan el terrorismo. El problema es que en lo único en lo que están de acuerdo todos los partidos que condenan el terrorismo es en eso, en condenar el terrorismo. Pero esto, aunque pueda bastar para acordar comunicados de condolencia y repulsa o lemas de concentraciones, no es una base suficiente para un verdadero liderazgo político.

Un liderazgo político antiterrorista tiene que ir más allá de las condenas y los pésames. Requiere unos objetivos claros y una estrategia para alcanzarlos. Y, a partir de ahí, moldear el consenso, o sea, ir sumando al proyecto a los grupos políticos y a la sociedad civil. Eso es lo que hicieron las organizaciones cívicas de resistencia al terrorismo en el País Vasco. Si durante unos años cruciales lideraron la lucha política contra ETA fue porque no se limitaron a buscar el mínimo común denominador de todos los que rechazaban los métodos de ETA sino que movilizaron a la ciudadanía en torno a unos objetivos y una estrategia que iba más allá de las condenas y los pésames.

Es el Gobierno quien debe tomar la iniciativa de forjar un nuevo consenso. Para ello tiene que abandonar la estrategia paralizante de limitarse a constatar y gestionar los consensos existentes y de utilizarlos como coartada para la inacción o la indefinición. Un buen ejemplo es el importante problema de que haya instituciones gobernadas por cargos electos en listas de organizaciones terroristas. Aquí el consenso no se puede ni romper ni mantener, por la sencilla razón de que no existe ni ha existido nunca. El Gobierno sabe que si toma las iniciativas necesarias para disolver los ayuntamientos gobernados por los etarras, no tendrá el respaldo ni de los partidos que gobiernan en coalición en el País Vasco (PNV, EA e Izquierda Unida) ni el de los partidos nacionalistas de otros lares con los que los socialistas gobiernan en coalición. Pero el Gobierno no puede dejarse paralizar por ese disenso. La colaboración con Francia para la detención y extradición de etarras, la movilización ciudadana o la ilegalización del entramado político-financiero de ETA en aplicación de la Ley de Partidos también recibieron en su momento la oposición del nacionalismo vasco (y, desde hace ya tiempo, de una Izquierda Unida abducida por éste). Y siempre con el mismo argumento: que serían contraproducentes porque “arrojaban más leña al fuego”. Pero el tiempo ha demostrado que las contraproducentes son las políticas de apaciguamiento, como hemos vuelto a comprobar recientemente con el mal llamado proceso de paz. Medidas como las citadas, por el contrario, son las que han puesto a ETA en la situación más difícil de su historia y han acabado con uno de los mitos más dañinos: el de la imbatibilidad de ETA por el Estado de Derecho. Ese es un buen ejemplo de consenso moldeado a lo largo de los años por gobiernos, jueces, policías, partidos constitucionalistas, organizaciones cívicas, intelectuales y ciudadanos de a pie: la idea de que a ETA se la puede y se la debe derrotar. Y que quien siga negándose a sumarse a este consenso seguirá la suerte de los que en su momento, con argumentos sorprendentemente similares, no quisieron sumarse a la abolición de las leyes de segregación racial.

Más pronto que tarde, el Gobierno se tendrá que retratar. Tendrá que sustituir sus vagas apelaciones al consenso existente (la condena a ETA) por un pronunciamiento claro sobre qué consenso pretende modelar para acabar con ella. Yo soy optimista y confío en que el sentido común se impondrá a los cálculos electoralistas y los pactos de circunstancias.

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