Crónica de un día muy especial (1)

681Bilbao, domingo 1º de marzo de 2009, suena el despertador a las siete de la mañana. Cuando salgo de la ducha mi compañero de habitación, un afiliado de UPyD de Málaga, ya ha salido rumbo al barrio de La Peña. Yo he tenido suerte: mi colegio electoral está sólo a unos quince minutos andando desde el hotel. Cruzo primero un centro comercial que en su momento fue el no va más de la modernidad pero hace tiempo que dejó de serlo, luego las vías del tren y, por último, un barrio de mala reputación pero en el que a esas horas casi todos los tugurios están cerrados y hay poco negocio callejero. Encuentro un café (decente) abierto, me tomo un café con leche y entro en el colegio apenas pasadas las ocho.

Hacía un típico día bilbaíno. Cielo encapotado, que no abrió en todo el día, algo de neblina por la mañana y, de vez en cuando, una lluvia suave. El entorno del colegio está desde hace tiempo en plena transformación. Una zona de infravivienda y marginación se ha ido convirtiendo en un barrio bien urbanizado y entre el propio colegio y una colonia de reciente construcción hay una amplia zona verde. Imposible recordar cómo era antes, a pesar de las explicaciones que pacientemente me dio una votante que lleva viviendo en el barrio desde antes de la guerra civil.

El colegio en sí es nuevo, espacioso y bien equipado. Eso sí, al cruzar la puerta se tiene la sensación de cambiar de país. Durante mi estancia en Bilbao lo único que escuché en vasco fue a una mujer joven con look batasuno hablando a su hijo pequeño. La vida en la ciudad se hace fundamentalmente en castellano. Pero al entrar en el colegio se pasa de lo normal a lo normalizado. En los dibujos, carteles y pizarras de las aulas de educación infantil, que es en las que estaban las mesas electorales, no hay más lengua que el euskara. En el recinto del colegio, la lengua en que se comunica la gran mayoría de los habitantes de la ciudad se ha convertido en apariencia en una lengua extranjera.

Tras colocarme mi escapulario de apoderado de UPyD, empiezo mi periplo por las mesas electorales para presentarme con mi acreditación reglamentaria y, siguiendo las instrucciones recibidas, pedir las actas de constitución. En la primera me encuentro con el otro apoderado de UPyD, que ha viajado en su propio vehículo desde Zamora. También coincidimos con dos policías de paisano que habían ido a avisar de que alguien, no supe quién, iría a votar con un séquito de escoltas y periodistas.

Tras presentarnos nos repartimos las mesas y vamos recogiendo las actas. A mí me tocan las cuatro del piso de arriba, y tengo mi segunda experiencia de normalización. En una de las mesas hay cierta inquietud por la presencia de representantes de la candidatura ilegalizada Democracia Tres Millones (D3M). En otra de ellas coincido con dichas autonombradas representantes de una candidatura inexistente. Son tres mujeres jóvenes que, muy modositas, explican a la presidenta de la mesa que, ante la situación de ilegalización, van a estar en el colegio electoral para no recuerdo muy bien qué. La presidenta, que andaba algo despistada, se dio por enterada y la única interventora, una mujer del PNV, intentó explicarles algún detalle legal. Digo intentó porque la cortaron inmediatamente diciéndole que ella no era nadie allí y que con ella no estaban hablando. Ni que decir tiene que eso a la jelkide no le gustó nada, por lo que se encaró con ellas para recordarles que ella estaba allí representando algo y exigirles un mínimo de respeto. Las proetarras modositas, mientras tanto, se limitaron a salir del aula tan ufanas sin hacer ni acuse de recibo, ante el visible cabreo de la interventora.

Una vez recogidas las actas, me dirijo a la planta baja y en mitad de la rampa (no una escalera, ya les dije que era un centro moderno y bien equipado) me cruzo con un hombre con un cartel de apoderado del PP. Cuál no sería mi sorpresa cuando, nada más saludarme, me espeta: “Tú eres de Murcia ¿verdad?”. Perplejo, me miré las piernas por si con las prisas en lugar de pantalones me había puesto unos zaragüeles. “Fuiste cabeza de lista de UPyD al Congreso en las elecciones generales, ¿no?”. A la vista de mi desconcierto, tuvo piedad de mí y me aclaró que él también había venido de Murcia para ser apoderado. Hasta hace poco era difícil encontrar alguien en Murcia que supiera que “el partido de Rosa Díez” presentaba candidaturas allí. Más aún que supiera que ese partido se llamaba Unión Progreso y Democracia. Y más aún que conociera a algún candidato. La cosa ha cambiado bastante (y a mejor, claro) pero, de todos modos, no deja de ser casi milagroso coincidir en Bilbao y en el mismo colegio electoral con otro apoderado venido de Murcia y que encima te reconozca. Como todo el que ha viajado algo en su vida sabe, sea de dónde sea, lo de encontrarse un paisano por esos mundos de Dios es arriesgado. Pero hubo suerte, era un tipo muy majo. No pude por menos de tomar la feliz coincidencia como un buen augurio. Y, a la vista de los resultados, no me equivoqué.

Mi cordial encuentro con el otro señor de Murcia hizo que me perdiera uno de los episodios normalizadores de la jornada. Resulta que la persona que los policías habían anunciado era nada menos que Izaskun Bilbao, presidenta del Parlamento Vasco y cabeza de lista del PNV por Vizcaya. De nada le valió madrugar y acudir a votar a primerísima hora. Con una puntualidad y diligencia dignas de mejor causa, a las tres autonombradas apoderadas de una candidatura inexistente se había unido todo un comité de recepción. Como no asistí al espectáculo de bienvenida no puedo reproducir lo que le dijeron. Supe por el testimonio del otro apoderado de UPyD que, cuando salió de votar, la rodearon a ella y su escolta y, por el tono, le dijeron de todo menos guapa. Digo por el tono porque mi informador no sabía ni una palabra de euskara y éste fue el idioma utilizado. Lo curioso es que no volvimos a escucharles ni una palabra más en vasco que no fuera “agur” o “aita”, ni hablando entre ellos, ni hablando con nadie más. Por lo que se ve padecen una variante de diglosia particularmente severa: usan el castellano para comunicarse y el euskara sólo para insultar. Con amigos así, la verdad es que el pobre euskara no necesita enemigos.

La cosa terminó en una denuncia de la presidenta del Parlamento por obstaculización del derecho al voto y un despliegue de la Ertzantza a las puertas del colegio electoral, en tiempo récord, realmente espectacular. Un despliegue que impresionó a todos los presentes a excepción de los que se trataba de impresionar, que permanecieron allí tan tranquilos y como si en lugar de la parafernalia de jeeps, furgones, pasamontañas, cascos, porras, botes de humo y armas de fuego hubiera un grupo de violeteras.

Pasado un tiempo la Ertzantza se fue, no así los borrokas. Durante casi todo el día permaneció a la puerta del colegio toda una cuadrilla de batasunos, reconocibles, además de por su look característico, por las pegatinas de D3M que lucían. Los había de todas las edades, aunque predominaban los jóvenes. Los demás ciudadanos entraban y salían. Ellos ni entraban a votar ni se iban. Allí estaban plantados a la puerta charlando amigablemente, riendo, jugando con los niños, como si les hubieran cerrado el parque en el que pasan habitualmente las mañanas de los domingos y no hubieran encontrado mejor lugar de encuentro.

En el interior del colegio estaban los miembros de las mesas, los interventores y apoderados de las candidaturas debidamente acreditados, los representantes de la administración y los policías municipales. Los votantes llegaban al colegio, votaban y se iban. Hasta aquí lo normal. Pero, como es habitual en Euskadi, a los normales hay que añadir los normalizadores. Las tres proetarras modositas, más algunos acompañantes ocasionales, estuvieron dentro del colegio toda la mañana y toda la tarde, primero sin identificación alguna, luego con las pegatinas de la candidatura ilegalizada. ¿En calidad de qué? Oficialmente de nada, claro. De facto actuando como unas interventoras más de una candidatura más, plantadas en el lugar más visible y, como el resto, echando una mano para orientar amable y educadamente a los votantes despistados.

¿Qué hacíamos los demás? Pues lo mismo que los batasunos con nosotros: hacer como que no los veíamos. Yo hice un tímido intento de desnormalización y pregunté a uno de los representantes de la administración si era legal que estuvieran dentro del colegio tres personas con pegatinas de una candidatura ilegalizada. La respuesta fue que no estaban molestando. Con poca convicción, le dije que la cuestión no era si molestaban o no (que es verdad que no lo hacían), sino si era o no legal. Cuando me respondió explicándome la libertad de expresión me di por vencido. Porque en realidad la verdadera respuesta me la había dado con la mirada, que, traducida al lenguaje verbal, rezaba así: “mira chico, quiero un servicio tranquilo, así que mientras no armen follón, yo me doy con un canto en los dientes”.

Como esa era la actitud general, desistí de protestar también por el hecho de que en una mesa un vocal luciera una camiseta negra con una ikurriña en forma de mapa de Euskal Herria y la leyenda “Independentzia”. Lo confieso: la indolencia normalizadora pudo conmigo.

Observé que, sin embargo, cada partido vive la normalización de manera distinta. Sólo había interventores del PNV y del PSOE (más de los primeros). Pero mientras que los jelkides eran bastante dicharacheros (bueno, sobre todo las jelkides) y eran los que tenían un comportamiento más natural, los socialistas actuaban con una discreción que los hacía casi invisibles. Del PP, UPyD y EB sólo había apoderados. Los del PP fueron los más comunicativos con nosotros. Los de EB no eran comunicativos ni con nosotros ni con nadie. Si los socialistas eran discretos, los de EB eran directamente autistas: no establecían contacto con los demás ni siquiera visual. En cuanto a los batasunos, se movían por todas partes como Pedro por su casa, sin pensárselo dos veces antes de dirigirse a quien hiciera falta, ya fuera para hablarle o ladrarle, según tocara. De otros partidos no hubo ni apoderados ni interventores en mi colegio. Una curiosidad: no había ninguna mujer representando a PP, PSOE, EB o UPyD; sólo las había, y varias, de PNV y la candidatura inexistente.

Transcurría la mañana en este clima de normalizada calma chicha, sin más incidencia que la misteriosa aparición en algunas cabinas de fajos de candidaturas de D3M, que fueron rápidamente detectados y retirados sin discusión. Hasta que al campamento batasuno de la puerta del colegio llegó un grupo de borrokas llevando cacerolas. Un apoderado del PP indicó al representante de la administración que estaban entrando en el colegio unos individuos con cacerolas. “¿Y qué que lleven cacerolas?” fue la respuesta. Y, la verdad, seguramente tenía razón, porque no creo que el legislador haya introducido ninguna limitación relativa a los utensilios de cocina en los colegios electorales. De todos modos, y en previsión de incidentes, los policías municipales se colocaron a la puerta del aula de la mesa a la que se dirigió la procesión cacerolera, aunque sin entrar en ella porque para ello necesitan autorización del presidente.

Recordé entonces que uno de los miembros de la expedición de UPyD (al que los dioses confundan) nos había dado la instrucción de que lo avisáramos si los batasunos montaban algún numerito para que acudiera raudo y veloz a filmarlo con su cámara. Como no hacía falta ser un lince para intuir que lo de las cacerolas anunciaba numerito, lo llamé y me dijo que iría para allá. El caso es que eso me sacó de mi letargo normalizado y, como el numerito empezaba, decidí filmar la escena yo mismo con mi móvil. Como yo no necesitaba autorización de nadie para entrar a la sala, allí me metí, pasando entre los policías, y saqué un par de clips de los batasunos en la cola de una de las mesas con sus cazuelas. Como consecuencia de eso nos quedamos sin saber cuál era el espectáculo que tenían preparado, si es que tenían alguno, porque alguno de ellos se dio cuenta de que los había fotografiado, se lo dijo a los demás y se pescaron todos un cabreo de órdago. Yo salí de la sala pasando de nuevo entre los policías.

A partir de ahí los batasunos cabreados, con la hiperactividad que los caracteriza, empezaron a protestar. Unos se dirigieron al presidente de la mesa, que inmediatamente salió a hablar con los policías; otros se dirigieron a la policía; y otros, la mayoría, prescindieron de intermediarios y se dirigieron a mí directamente. No puede enterarme bien de lo que me decían porque hablaban todos a la vez. Sólo recuerdo que se sentían muy ofendidos porque decían que cuando ellos hacen fotos los acusan de amenazas pero que si ellos son los fotografiados no se considera que haya amenaza. Se ve que lo de que unos en efecto maten o intenten matar luego a los fotografiados y otros no hagan nada parecido no les parece una diferencia relevante para determinar cuándo hay o no amenaza. A partir de aquí insistieron en que ellos también sabían sacar fotos, e incluso uno empezó a hacer como que me fotografiaba con su móvil. Estuve posando un rato pero cuando, al final del posado, le pregunté si había quedado guapo, resultó que su móvil no sacaba fotos. El momento más tenso fue cuando el más veterano del grupo se vino hacia mí fuera de sí cacerolón en mano llamándome sinvergüenza a voz en grito. No sé si hubiera intentado plantarme la cacerola en la crisma porque los más jóvenes, entre ellos su hija, trataron de apaciguarlo. Se ve que la consigna era, en efecto, evitar hacer nada que pudiera obligar a intervenir a la policía para echarlos de allí.

Eso sí, un policía municipal me obligó a borrar las fotos, cosa que hice sin rechistar. Me pidió también que me identificara, cosa que también hice. Así que a lo mejor estoy fichado por la policía municipal bilbaína como un tipo peligroso. Cosas de la normalización: los que estamos legalmente acreditados en un colegio electoral tenemos más probabilidades de que nos pidan los papeles y de que la policía anote nuestros datos que los que están allí sin tener derecho a ello. Claro que a mí todo esto me daba igual, porque fuera cual fuera el resultado, sólo una cosa era segura, a saber, el número de votos válidos y de escaños que iban a conseguir los caceroleros: 0,0.

Lo que sí sentí es que este pequeño incidente lo pagara un interventor socialista que no había tenido ni arte ni parte. Era aficionado a la fotografía y estaba haciendo un álbum de las elecciones. Como es lógico, sacó también unas fotos del colegio electoral. Pero, llevadas por el celo antifotográfico que les provoqué con mi móvil, las apoderadas de hecho batasunas lo denunciaron a la policía y tuvo que sacar la cámara de su bolsa y, supongo, borrar también las fotos. Sentí que por mi culpa su álbum quedara incompleto.

Un poco después del incidente salí a comer con mi paisano murciano y otros dos compañeros suyos a un bar cercano, tras dar esquinazo a unos batasunos que venían detrás y con los que preferíamos no coincidir en el mismo local por razones obvias. Me llamaron la atención las precauciones que tenían que tomar para salir normalizadamente a la calle, como quitarse toda identificación y llevar las carpetas en bolsas comerciales. Y eso que se quedó en el cole el que tiene que ir permanentemente escoltado.

De vuelta al colegio la tarde transcurrió como la mañana, sólo que sin caceroladas. A cambio tuvimos un pequeño incidente, protagonizado esta vez por un espontáneo. Un hombre ya de cierta edad que andaba con muletas porque le faltaba una pierna se empeñó en votar con el carnet de identidad vasco, algo legalmente imposible. Las explicaciones de los miembros de la mesa no sólo no lo convencieron, sino que lo soliviantaron todavía más. Empezó a pegar gritos divididos más o menos al cincuenta por ciento en blasfemias y en acusaciones a los miembros de la mesa de pretender mandar los tanques. La interventora del PNV (la misma que se había encarado a primera hora con las batasunas modositas) fue a avisar a la policía. Subió una representante de la administración con la idea peregrina de resolver las cosas por medio del diálogo. No tardó ni un minuto en darse cuenta de que eso era imposible y salir escopetada a llamar a la policía. La llegada de la policía no tranquilizó al individuo, cuyos improperios se oían en toda la planta. Al final accedió a regañadientes a votar con el carnet de conducir, no sin antes insultar a todo el mundo, seguir con la matraca de los tanques y su retahíla de blasfemias y arrojar su sobre de votación a la presidenta de la mesa, que presentó la oportuna denuncia a la policía municipal. Y el caso es que eso no fue nada, porque, al parecer, siempre arma el mismo escándalo y en las últimas elecciones estuvo a punto de partirle la crisma a la apoderada del PNV (no me extraña que la tengan harta) con una de las muletas.

También tuvo un incidente uno de los apoderados del PP, vecino del barrio y que tiene que andar escoltado. Un proetarra se cruzó con él en el colegio y lo empezó a llamar fascista. El pepero le plantó cara y el borroka se achantó, no sin antes decirle que ya lo encontraría por el barrio y hacer con la mano el gesto inequívoco de dispararle con una pistola. Todo delante de los policías que, sin embargo, cuando el pepero les comentó la jugada, dijeron no haber visto nada.

Y nada más digno de mención hasta que empezó el recuento. Todo fue normal salvo en dos mesas. En una de ellas, cuando recogí el acta, vi con sorpresa que UPyD no tenía ningún voto. Me llamó la atención porque era la única de las nueve en la que no tuvimos ni uno (en la que yo ayudé a contar sacamos dieciséis). Pero me llamó más la atención que según el recuento que figuraba en la pizarra del aula teníamos dos. Comparé los datos de la pizarra con los del acta y coincidían todos salvo ese. Pregunté y el representante del PNV (el único representante de partidos que había) me dio una explicación que me pareció totalmente incoherente. No había nada que hacer porque ya se habían tirado las papeletas, pero me quedé con la certeza moral de que habían “cuadrado” los números a base de restarnos nuestros dos votos. En otra mesa se olvidaron de contar los votos por correo y no se dio nadie cuenta hasta que ya estaban las actas. Ello retrasó el proceso considerablemente, ante la impaciencia de los policías municipales que no veían la hora de marcharse ya de allí. Como mi compañero tenía previsto salir para Zamora directamente en su coche, le animé a que se fuera y me quedé con todo el papeleo esperando a que terminara la famosa mesa. Al cabo de un buen rato, terminé mi colección de papeles y salí del colegio rumbo al hotel en que UPyD iba a pasar la noche electoral.

Dada la hora, el barrio estaba casi desierto, salvo, supongo, en las calles de los tugurios, que preferí evitar. Me sacudí la claustrofobia del encierro electoral cruzando el centro de Bilbao, bajo una lluvia suave, con mis actas bajo el brazo, casi de punta a punta hasta donde equivocadamente creía que estaba el hotel en cuestión. Y sí, había un hotel, pero era otro, en el que casualmente también se celebraba una noche electoral. Me alivió que no fuera la nuestra, porque las caras que tenían todos eran muy largas. Eran los de Ezker Batua; luego supe el porqué de las caras largas. Llegué finalmente al hotel que buscaba y, antes que nada, entregué mi botín de documentos al responsable de zona. Con lo cual terminaba mi misión. Y empezaba la fiesta.

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4 Responses to Crónica de un día muy especial (1)

  1. No sé si fuiste muy valiente o muy insensato, o las dos cosas, pero el relato es de lo más inquietante.

  2. joseluisros dice:

    La jornada electoral en el País Vasco parece que fue una de las más emocionantes y complicadas de todas las que ha vivido UPyD, que lástima no haber podido vivirla, aunque he de decir que no me pesa tanto, porque estoy seguro que me podré quitar la espina dentro de cuatro años (al no ser que PSOE y PP no sepan hacer los deberes y sea antes, lo cual sería un duro revés para el constitucionalismo en Euskadi).
    Espero y confío que nos cuentes algo de esa fiesta, que por el estilo (literario) que te gastas, va a ser un sabroso texto. Deberías pensar en escribir algo más que artículos periodísticos y académicos. Quién sabe, quizá descubramos a nuestro Savater particular y regional.

  3. Pedro Nicolás dice:

    Muchas gracias por el relato. Me ha ayudado a imaginarme cómo es una jornada electoral en la Comunidad Autónoma Vasca. Que el episodio de las fotos terminara con que te pidieron que te identificaras es realmente indignante. Y me encanta el término “diglosia”, que no conocía.

    ¡Espero ansioso la segunda parte, la de la fiesta!

  4. […] de un día muy especial (y 2) La primera parte de esta crónica terminaba con mi entrega al responsable de zona de las actas del colegio electoral en el que estuve […]

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