Crónica de un día muy especial (y 2)

dsc_1274La primera parte de esta crónica terminaba con mi entrega al responsable de zona de las actas del colegio electoral en el que estuve de apoderado. Con eso, dije, terminaba mi misión. Y empezaba la fiesta.

El vestíbulo del hotel, situado en el Ensanche bilbaíno, muy cerca del mercado del mismo nombre, estaba abarrotado de magentas venidos de todas partes. Los había del País Vasco, de Aragón, de Cataluña, de la Comunidad Valenciana, de Andalucía, de Navarra, de Castilla y León, de Madrid… Fue toda una prueba para mi minusvalía innata para el reconocimiento de rostros (y más todavía para asociarlos a los nombres) el encuentro con tantas personas tan a la vez y tan fuera de su lugar habitual. Y eso fue sólo la primera entrega, porque cuando subí al salón en el que esperaba poder refrescarme con la cerveza o el vinito que, honestamente, creía haberme ganado, me encontré con que estaba no menos abarrotado de personas, también muchas de ellas conocidas. Entre ellas estaba Sergio, el único murciano que estaba allí (los demás habían ido a Guipúzcoa, salvo uno que estaba en Portugalete tomando el autobús de vuelta a Madrid) y una compañera de curso a la que, desde el Bachillerato, sólo había vuelto a ver una vez. Fue también en una ocasión memorable: en San Sebastián, en la más multitudinaria de las manifestaciones de la Iniciativa Ciudadana “Basta ya”.

Sin saber todavía si había algo que celebrar, me contagié de la alegría reinante, a pesar de que mis intentos por conseguir un vaso fueron totalmente infructuosos y beber de la botella, incluso en medio de aquel jolgorio, parecía fuera de lugar. Por extraño que pueda parecer, mientras me dedicaba a saludar y charlar con los amigos que me iba encontrando y con otros tantos desconocidos con los que pegaba la hebra, se me olvidó interesarme por los resultados electorales. Sólo al cabo de un rato fijé mi atención en una pantalla de televisión que había en la sala. Con el ruido que había era totalmente imposible oír una sola palabra, pero no hacía falta.

Lo primero que supe fue que el PP había conseguido mayoría absoluta en Galicia. Las apariciones del futuro presidente gallego eran recibidas con indiferencia, las del presidente saliente con cierta fruición y las del líder del BNG con alegría no disimulada. La decepción por no haber conseguido escaños en el parlamento gallego se veía compensada por la sensación de que los resultados en Galicia eran el síntoma de un cambio positivo en la política española: parecía que la estrategia filonacionalista del PSOE tocaba techo.

Pero la sorpresa de la noche fueron, evidentemente, los resultados de las elecciones vascas. Lo primero que supe es que PP+PSOE tenían mayoría absoluta y que el PNV había ganado al PSOE en votos y escaños. Estaba claro que era un momento histórico: los nacionalistas iban a ir por primera vez a la oposición. Y el PSOE no tendría más remedio que pactar con el PP. Los resultados obligaban a los dos grandes partidos nacionales a hacer lo que nunca debieron dejar de hacer: entenderse para desbancar del poder a los nacionalistas. Muchos años después, el voto de los ciudadanos imponía lo que los denostados Mayor Oreja y Redondo Terreros estuvieron a punto de conseguir. Como comentaría más tarde un joven afiliado del País Vasco, los ciudadanos vascos y gallegos habían dado a ZP una lección magistral de Educación para la Ciudadanía. Lo siguiente que vi fue a Javier Madrazo cariacontecido (la verdad es que siempre está cariacontecido, pero esta vez lo estaba con toda la razón). Si el dato de que EB había perdido dos de sus tres escaños ya fue acogido con franca satisfacción, el hecho de que uno de ellos  fuera el del propio consejero Madrazo fue celebrado, lo confieso, con un jolgorio rayano en el sadismo.

Fue entonces cuando me atreví a preguntar qué habíamos hecho nosotros. A mí mismo me cuesta ahora creerlo, pero tardé realmente mucho en preguntar por nuestros resultados. Cuando mi vecino de hacinamiento me dijo que habíamos sacado un escaño le obligué a asegurármelo dos veces, tal era mi miedo a hacerme falsas ilusiones. No me podía creer que en nuestras primeras elecciones vascas hubiéramos logrado la misma representación parlamentaria que EA y EB, ¡dos de los partidos del Gobierno! Una pica en Flandes.

Si, como he dicho, antes de saber los resultados ya me había contagiado de la alegría reinante, cuando los supe pasé de la alegría a la euforia. Y a partir de ese momento todo fue in crescendo. Bajé de nuevo a la planta baja en la que estaban previstas las intervenciones. Llegaron Rosa, Gorka, Maleni y Lydia, que a duras penas se abrieron paso entre los asistentes para llegar al estrado. Hablaron Rosa y Gorka entre el delirio de la afición. Y luego siguieron los saludos entusiastas a conocidos, desconocidos y a personas que aseguraban, seguro que con razón, que yo las conocía. Por allí estaba, claro, nuestro cabeza de lista para las elecciones europeas, Francisco Sosa Wagner, a quien tuve el placer de conocer personalmente y que me confirmó, para mi satisfacción, su visita a Murcia en abril (como veis, todo eran buenas noticias). Y, por supuesto, Rosa, como podéis comprobar en la foto que nos hizo Antonio Ballesteros (no pensaríais que me iba a venir sin un recuerdo).

La fiesta siguió hasta que nos cerraron el bar del hotel. Yo la pasé a caballo entre el susodicho bar y la calle para atender las llamadas de varios familiares y amigos que tuvieron la simpatía de compartir conmigo el momento (y que de paso me pusieron al día porque mi información era bastante escasa), con lo que me alegraron todavía más la noche (muchas gracias a todos ellos). Una vez cerrado el bar, un grupo de élite decidió continuar la fiesta. Ni que decir tiene que yo pertenecía a esa élite. La expedición nocturna se dividió en seguida en dos subgupos: los que se metieron en un lugar más bien ruidoso de bailoteo y los que optaron por buscar un lugar más tranquilo donde poder charlar. Yo me apunté al primero, que capitaneaba por Gorka, nuestro flamante diputado.

Cuando entramos ya estaban allí de juerga un grupo de socialistas con sus distintivos puestos. Estaban festejando los resultados sin que el famoso fantasma del “frentismo” pareciera preocuparles demasiado. Allí estuvimos juntos pero no revueltos. Para disgusto de un joven de nuestro partido, cuyo fracaso en sus maniobras de acercamiento a una atractiva socialista le enseñó que la felicidad nunca es completa. La cosa se animó todavía más con la llegada de un segundo contingente de socialistas. Como los primeros, daban por hecho que Patxi López sería lehendakari. Se ve que el virus del “frentismo” se ha extendido hasta alcanzar dimensiones epidémicas, porque todos daban por hecho el apoyo del PP. No sólo eso, sino que no parecía que nuestra presencia les provocara ningún tipo de sarpullido ni que tuvieran ningún reparo en charlar largo y tendido con nuestro diputado electo sin aparente necesidad de saltar abismo alguno.

Y, para que la transversalidad fuera total, apareció por allí un grupito de peneuvistas. No llevaban distintivos, pero tampoco los necesitaban porque la más aguerrida del grupo, una chica joven muy simpática, se dedicó a intentar rompernos los tímpanos, ya bastante machacados por la salsa a todo volumen del local, a base de gritar a voz en cuello “ari, ari, ari, Ibarretxe lehendakari”. Estuve un buen rato hablando con el más veterano del grupo, un tipo muy majo que, como sus compañeros, parecía asumir los resultados con naturalidad e insistía en la necesidad de pactar. De pactar ellos con los socialistas, se entiende, aunque a la cuadrilla socialista allí presente no parecía contemplar más hipótesis que la de “ari, ari, ari, Patxi lehendakari”. Por cierto que tampoco a los nacionalistas parecía provocarles especial ansiedad estar de cachondeo con los supuestos enemigos españolistas. Se ve que si hay algo transversal en este mundo es la juerga. Sólo uno de ellos se sintió algo incómodo, pero no por razones políticas, sino porque era el novio de la chica aguerrida y el encanto de los jóvenes de UPyD allí presentes le hizo temer que la transversalidad llegara demasiado lejos.

Y allí estuve un buen rato hasta que me di cuenta de dos cosas. Una, que no había cenado nada sólido. Otra, que era tardísimo y al día siguiente tenía que viajar a Madrid. La primera ya no tenía remedio, ni falta que hacía porque las emociones me habían quitado el apetito. Además al día siguiente me desquité en un asador de Lerma con un señor cuarto de cordero lechal al horno de leña en compañía de Juan Luis Fabo, Carlos Martínez Gorriarán y Fernando Cózar. Lo segundo sí lo tenía, así inicié mi retirada tras volver a felicitar a los socialistas y despedirme de los peneuvistas y, por supuesto, de los demás magentas que, diputado incluido, no estaban por la labor de recogerse hasta que amaneciera. Allí los dejé, celebrando merecidamente el éxito de su duro trabajo durante la campaña electoral, con Mayka, nuestra infatigable jefa de prensa, convertida en reina de la noche bilbaína (a pesar de su mal gusto en materia cervecera). Tras un paseo bajo la lluvia por un Bilbao desierto llegué a mi hotel. No creo que tardara ni un minuto en dormirme como un tronco.

En resumen, una jornada memorable. De esas sobre las que no puedes evitar contar a todo el que quiera escucharte: “yo estuve allí”. Que es justamente lo que acabo de hacer.

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One Response to Crónica de un día muy especial (y 2)

  1. Pedro Nicolás dice:

    Efectivamente, una fiesta merecida. Lo de Gorka es tanto de celebrar como que a la peneuvista se le fueran los ojos hacia los magentas; esa chica aún tiene remedio. Lo que no me esperaba es lo de Mayka y la cerveza: ¡eso lo tengo que comprobar yo!

    Gracias por la crónica, me ha encantado leerla.

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