¡Viva el ganar!

Foto+Savater,+Redondo,+MayorTras las elecciones al Parlamento Vasco de 2001, Fernando Savater publicó un artículo con el llamativo título de “Viva el perder”. No es que al hombre le hubiera dado un súbito arrebato de nihilismo político. Al contrario, era un llamamiento a perseverar en una estrategia ganadora, la del entendimiento de los partidos constitucionalistas (simbolizado en la foto), que estaba poniendo al nacionalismo vasco contra las cuerdas. Con ese llamamiento, Savater trataba de evitar que los partidos constitucionalistas, especialmente el socialista, que era el que se sentía más tentado, cometieran el error de abandonar esa estrategia ganadora sólo porque no alcanzara todos sus objetivos a la primera.

Fue inútil. La maquinaria político-mediática estaba ya lista y se puso en marcha de manera implacable. Destacados dirigentes del PSOE y opinadores afines hicieron suyas las descalificaciones de los nacionalistas y de Izquierda Unida a los acuerdos PP-PSOE. La unidad constitucionalista fue anatemizada como “seguidismo del PP” y, cuando el PP dejó de ser la primera fuerza política, como “frentismo”. La salida del armario de las víctimas fue descalificada como manipulación, y se volvió a tratarlas como seres dignos de toda compasión pero incapacitados para razonar por su experiencia traumática. El pacto por las libertades y contra el terrorismo fue guardado en el congelador. El brazo político de ETA fue relegalizado progresivamente gracias a los esfuerzos del propio Fiscal General. Y se apostó por un final del terrorismo por la vía del diálogo con ETA. Un giro de 180º desde lo que podríamos llamar “estrategia Basta Ya” a la “estrategia Perpiñán”.

La apuesta era fuerte, y no faltaron voces que la criticaron desde la propia izquierda. Pero, ya digo, fue inútil. A los que desde el principio se opusieron a la estrategia “Basta ya” se unieron otros muchos; unos movidos por el sectarismo político (el famoso “cordón sanitario”, el todos contra el PP) y otros por la confusión de sus deseos con la realidad. Durante toda una legislatura muchos alimentaron la fantasía de derrotar de una sola tacada a la derecha española, a la derecha nacionalista vasca y a ETA. Los más lanzados soñaban con una Euskadi sin ETA y gobernada por una coalición a la catalana, presidido por un socialista y que incluyera a una Batasuna pacificada y reconvertida en una especie de Esquerra Republicana de Euskal Herria, que enviara al PNV a la oposición y al PP a la marginalidad. Los menos lanzados soñaban con una Euskadi gobernada por una coalición PNV-PSE, pero esta vez liderada por los socialistas y con un PNV moderado. La foto de Zabaleta con Gorizelaia era la foto del futuro y la de Mayor con Redondo era, definitivamente, la del pasado.

Sólo faltaba una cosa para que la fiesta fuera completa: que la realidad cumpliera su parte y se amoldara a estas fantasías. Y fue que no. ETA nunca se planteó dejar el terrorismo sin cobrar un importante precio político incompatible con el ordenamiento constitucional. Batasuna continuó tan subordinada a ETA como siempre y se negó a condenar sus atentados cuando ETA volvió a lo suyo. El PNV no se apeó de su estrategia soberanista y los discrepantes fueron laminados. Así que ni final dialogado del terrorismo ni PNV moderado. La estrategia Perpiñán resultó un fracaso absoluto.

Pero a los partidarios de la estrategia Perpiñán les quedaba una esperanza: que, ya que no había servido para acabar ni con el terrorismo de ETA ni con los desafíos soberanistas del PNV y sus socios, la jugada al menos sirviera para que, por primera vez, hubiera un Lehendakari socialista sin necesidad de pactar con el PP. Para ello se cultivó en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento Vasco el buen rollito, con apoyos mutuos para aprobar los presupuestos (subvenciones a asociaciones proetarras incluidas). Se hicieron solemnes declaraciones de rechazo del frentismo y de apología de la transversalidad (es decir, del entendimiento con los nacionalistas). Con un poco de voto “útil” constitucionalista y otro poco de voto nacionalista moderado, adelantar al PNV estaba al alcance de la mano.

Pero de nuevo fue que no. Así que, ocho años después de las elecciones del 2001, la estrategia “Basta ya”, la que Savater reivindicaba en el mencionado artículo “Viva el perder”, se ha revelado como el único camino realista para lograr el acontecimiento histórico de que haya en el País Vasco un gobierno que reconozca la legitimidad del ordenamiento constitucional y se comprometa a respetarlo. Es decir, para culminar en Euskadi la Transición Democrática. De la otra, de la estrategia Perpiñán, ya casi nadie quiere ni acordarse. En unas horas pasó de la fantasía al olivido. Lo que no consiguieron los razonamientos de los que nos opusimos a la estrategia Perpiñán lo consiguió una sencilla operación aritmética: la de comparar las suma de los escaños de PSOE, PP y UPyD con la de los de PNV, EA, Aralar y EB.

Sólo queda lamentar el tiempo perdido, salvo para los recalcitrantes que sigan convencidos de que si existe hoy esa mayoría contitucionalista, es gracias al abandono de la estrategia “Basta ya”. Ciertamente, el que no se consuela es porque no quiere, pero de nuevo los hechos lo ponen difícil. PP+PSOE tuvieron en 2005, o sea, en plena tregua, 95.000 votos menos que en el 2001; y en 2009 21.000 votos menos que en 2005. En total, desde que se rompió la alianza constitucionalista han retrocedido la friolera de 116.000 votos. Es cierto que la participación en el 2001 fue extraordinariamente alta, pero es que tampoco en porcentaje de voto mejoraron sus resultados. En 2005 descendieron ligeramente (del 41% al 40%); en 2009 alcanzaron el 45%, pero mejoraron menos que los nacionalistas no violentos, que obtuvieron el 49% (frente al 43% del 2001 y el 41% del 2005). Así que la estrategia Perpiñán no ha servido tampoco para que PP y PSOE acorten distancias con los nacionalistas. O sea, no ha servido para nada, ha sido un paréntesis inútil.

¿Cómo es entonces que tenemos una mayoría constitucionalista en el Parlamento Vasco? Pues por varias razones. La aparición de UPyD, la distribución de escaños por provincias de la ley electoral vasca y, sobre todo, a la exclusión por los tribunales de las candidaturas proetarras. Esto último en aplicación de la Ley de Partidos, o sea, la joya de la corona de la estrategia “Basta ya” y, por ello, la medida más vilipendiada y más incumplida por los protagonistas de la estrategia Perpiñán.

Así que ya tenemos un Lehendakari no nacionalista apoyado por una mayoría parlamentaria constitucionalista. O sea, lo que se intentó y casi se logró en el 2001. Y con un proyecto político que es esencialmente el mismo. Conclusión: ocho años después, la estrategia “Basta ya” ha triunfado y la estrategia Perpiñán ha sufrido la más humillante de las derrotas. Y si no, comparen la foto de arriba con la de abajo, con Eguiguren, el gran muñidor en Euskadi de la estrategia Perpiñán, repitiendo, con ocho años de retraso, el gesto de Fernando Savater. Y además más feliz que unas pascuas. Sólo falta Odón para que la fiesta sea completa.

Lo dicho: ¡Viva el ganar!

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